«Un rayo blanco, caído de lo alto del cielo, aniquila esta
comedia«.Iluminaciones – A. Rimbaud
1.
Todo amor es un final anunciado, imposible de materializar sus ilusiones, imposible de controlar la deriva emocional iniciada, imposible de llegar a un equilibrio perpetuo. Pero yo no estaba enamorado de Marta. Lo único que me interesaba de ella era el goce de su cuerpo adolescente, la pasión sexual desmedida y alejada de los aburridos actos mecánicos. Pero esto tampoco funcionó a pesar de intentar eliminar el factor afectuoso de la ecuación.
Todavía, a día de hoy, sigo esperando la sustitución del frustrado objeto de deseo.
Por eso mi afición a la pornografía nunca decae. El porno da exactamente lo que promete: placer sin emociones, experimentación sexual y variaciones esporádicas de felicidad. Todo sin implicaciones personales, sin relacionarse de ningún modo, sin compromiso ni convivencia. Algo inmediato. Circular. El porno es un leve Paraíso para el hombre que quiere explotar al máximo sus fantasías y, cómo no, sus perversiones, sin ningún perjuicio social.
Lo malo del porno es que la satisfacción está limitada al ejercicio repetitivo de tu mano preferida. No hay cuerpo que otorgue una experiencia completa. Necesitas a alguien para obtenerla.
Así pensaba hace siete años, cuando cursaba primero de bachiller y conocí a Marta. Por entonces el instituto era un molesto trámite que daba pocas satisfacciones.
La libertad y los años no han modificado demasiado estos objetivos.
2.
A Marta la conocí en otoño del 2012. Ella tenía 16 años y yo estaba a un mes de cumplirlos. Por entonces salía con un capullo de segundo aficionado al hip-hop que cantaba en fiestas y eso. El primer acercamiento fue en un trabajo de grupo para la clase de historia. Quedamos en su casa para prepararlo. Éramos cinco en total: dos babosos, otra chica, Marta y yo. Informaré de que los babosos no eran amigos míos (no tenía amigos a excepción de Rodrigo). Nos reuníamos en el salón de su lujoso chalet situado en el Verdolay, una zona residencial ubicada a la falda de la zona alta de la Alberca. Su propia madre, que era decoradora, había planificado el diseño. Tarima, paneles japoneses, vitrinas de madera de caoba y algún cuadro (aquí y allá) de pintura geométrica. Nada más llegar uno de los babosos se quiso hacer el gallito:
– Atentos, chicos, traigo maría para todos.
– Pues será mejor que te la comas porque aquí nadie va a fumar – le aclaró Marta.
El resto nos reímos a excepción del otro baboso. Marta en cambio no mudó su rostro severo hasta que el primer baboso se sentó y guardó la bolsa que había mostrado.
Al llegar Navidad, y coincidiendo con mi cumpleaños, Marta cortó su relación. Antes habíamos tenido alguna pequeña escaramuza sin importancia (besuqueos inocentes), pero a partir de Año Nuevo se centró exclusivamente en mí.
Mis planes con ella eran ir del sexo «estándar» a una progresión de prácticas más sórdidas.
Rodrigo me decía que estaba loco, que todas aquellas fantasías casi nunca se daban en el mundo real porque eran ofensivas. Recuerdo cuando nos encerrábamos en su cuarto para escuchar a David Bowie y jugar al Halo o cualquier otro videojuego que no fuera de deportes. Su habitación era una trinchera de ropa sucia, cajas de pizza y música a todo volumen. El resto de la casa no estaba mucho mejor. Sus padres eran unos hippies reconvertidos de puertas para fuera. Desde que iba al colegio con Rodrigo no les había visto tomar nunca una decisión sensata.
– La vas a cagar con Marta.
– Me da igual. Yo busco la satisfacción, no amor. El amor es un invento de Hollywood.
– ¿No sientes nada por ella?
– Sí. Siento lujuria infinita. Es mi objeto más preciado.
– Eres un hijo de puta.
3.
La obsesión por la pornografía empezó de modo imitativo: un compañero de clase me contó lo que había visto en un vídeo y yo lo busqué en mi portátil para repetir la experiencia. Tenía 13 años cuando vi aquella espectacular corrida que bañó el pelo y la cara de la actriz con un 120 de pecho. La eyaculación que me produjo marcó mi sistema nervioso para siempre. Después empecé a investigar por mi cuenta. En pocos meses era un experto en localizar los mejores dominios del porno amateur.
En la época de Marta mis gustos habían derivado a visionados más duros, porno gonzo (planos tan cercanos que salpica), gangbang (varios hombres con una mujer), hasta fist-fucking (introducción del puño). Aquellos que simulaban violencia empezaban a ser mis preferidos.
4.
Los sábados por la noche quedábamos en casa de Marta mientras sus padres salían a cenar o se marchaban de viaje a algún destino del que alardear. Veíamos alguna película aburrida y tonteábamos. Tras tres o cuatro fines similares yo empecé a cansarme de tanta zalamería infantil. Una noche compré condones y me dispuse a proponérselo.
– Estaba loca porque me lo dijeras.
Fuimos a su habitación y nos quitamos la ropa entre caricias y besos. Torpemente toqué sus pechos y acaricié su vagina mientras ella jugueteaba con mis genitales colocándome el condón. Pero, pasado un tiempo, mi verga no se enderezaba. Trató de masturbarme para alcanzar la erección y nada.
-¿Qué piensas de la felación?
Marta me miró con cara de sorpresa.
– Nunca lo he hecho y creo que me da asco -respondió.
– Venga. Yo te devolveré el favor después.
Mantuvo la mirada un tiempo indeterminable en el que creía que se echaría atrás. Pero sin previo aviso agarró mi flácida polla, retiró el condón y se la introdujo en la boca. Tras un minuto me corrí sin avisarla. Aquella fue nuestra primera pelea.
5.
Las clases en el instituto eran un total aburrimiento. Me abstraía diseñando coreografías sexuales con Marta o leyendo libros de autores infames. No nos sentábamos juntos a pesar de estar saliendo; me parecía una ñoñería y ella estaba de acuerdo. Recuerdo un día estar leyendo Plataforma de Michel Houellebecq durante la clase de biología. Aunque me situé en la última fila la profesora se percató de mi falta de atención. Se acercó hasta mi mesa sin que yo me diera cuenta.
– No es el momento de dedicarse a la literatura.
Yo levanté la vista hacia ella sin mostrar preocupación alguna. Luego clavé mis ojos en su escote en vez de en su cara. Mientras ella se ruborizaba, me repasé los labios con la lengua. Las risas fueron estruendosas.
La reunión con el director fue más jocosa que rectificativa, aunque a punto estuve de la expulsión. La profesora nunca volvió a vestir cualquier prenda que no le cubriera el cuello.
Yo, a su vez, dejé de leer en sus clases (en otras seguía igualmente) y mi nota final fue de 9.5. “Tu desarrollo es excesivamente engolado o literario”, apuntó en mi último examen.
6.
El credo de mi padre es el dinero y su poder para obtener cosas y personas. Su agencia de transportes, que opera a nivel nacional e internacional, le reporta grandes beneficios que gestionaba con una ostentosidad moderada. Viste las mejores marcas pero odia la corbata en un alarde de juventud trasnochada. Por aquella época convivía con su quinta compañera en ocho años desde el divorcio con mi madre. En una de las comidas mensuales donde nos reuníamos me contó sus planes de vacaciones con su nueva barbie (olvidé el nombre).
-… y cuando aterricemos nos espera una limusina para instalarnos en el Bellagio. Pero no pienso hacer el gilipollas con el juego. Mi límite de dinero estará en los 6000 $ y probaré las distintas mesas. Ella supongo que se limitará a mirar y visitar las diferentes tiendas… ¿Qué, te apuntas con tu nueva novia, marqués?
Me quedé callado. Me cogió de sorpresa que conociera mi reciente relación con Marta.
– Bueno, tu nueva novia. Tu novia, la primera de la que hay constancia. Ya pensaba que te llevaría del brazo para desposarte con tu amigo Rodrigo. Siempre ha sido el único ser en tu círculo íntimo.
Se rio al tiempo que tomaba un sorbo de la única bebida que consumía: Red Bull.
– Sí, papá, ya sé lo mucho que aprecias a Rodrigo.
– No tengo nada en contra de ese raro amigo tuyo y sus padres los “salva-ballenas”. Seguro que tendrá un brillante futuro inventando alguna nueva plataforma en Internet. Por cierto, ¿cómo le va?.
Últimamente nos veíamos poco. Ahora frecuentaba nuevas compañías llevado por la curiosidad del MDMA y las fiestas privadas en casas de sus nuevos compañeros pijos. Más de una vez me invitó pero yo pasaba de alternar con alimañas puestas hasta los ojos y soportar su rallada música electrónica.
– Bien. Oye, papá, necesito un portátil. El de ahora falla cada dos por tres.
– ¿Y no te puede ayudar en eso tu madre?
– Me ha dicho que el último lo pagó ella. Que te toca a ti.
– Lo pagó con mi dinero. Menuda puta.
Un mensaje en su móvil nos interrumpió. Se tomó unos segundos para contestar.
– Trabajar las 24 horas del día para dar el dinero a la francesa cabrona que no trabaja desde el 96. Y encima se apunta el tanto de que es ella la que te compra el ordenador.
– Le haré llegar tus halagos. Seguro que tu chica de Las Vegas te hará olvidar las virtudes de mamá.
No sé por qué dije eso. El comentario de mi padre, como antes otros muchos similares, no me ofendió lo más mínimo. Supongo que quería contradecirle simplemente.
– Esa es la recompensa del guerrero. Cuando lleves un traje como este la mayor parte de la semana comprenderás que al quitártelo solo buscas descanso y placer, no problemas con mujeres insatisfechas.-Me guiñó el ojo y apuró su bebida- ¿No crees, marqués?
Con total indolencia volví a mi plato como si hubiera oído llover o quejarse a un niño que apenas supiese hablar.
7.
Marta tenía un rostro peculiar, con características asiáticas (rostro ancho, ojos diminutos) y otras centro-europeas (pelo castaño e iris color azul). Su belleza estaba fuera de toda duda y además su cuerpo, de pocos centímetros de altura menor que el mío (yo medía 1.76), era curvilíneo, delgado y bien proporcionado.
Rodrigo jugaba a la consola mientras yo contrastaba con él todos estos detalles. Apenas había reparado en el aspecto de Marta en los cursos anteriores (era prácticamente un autista con gafas de pasta). Ese año Rodrigo había empezado bachiller en un instituto privado tras varios incidentes encadenados. El más notorio había ocurrido una noche que, medio sonámbulo por efecto de la marihuana, se puso a mear en el cubo de la basura ante la perplejidad de su madre. Tras los anteriores percances (bajas notas finales y excesos con malas compañías callejeras) sus padres decidieron que le vendría bien un cambio.
– Kurt… ¿Eres marica? ¿Cómo que no te empalmas? -me llamaba Kurt porque decía que me parecía al cantante/yonqui/suicida de Nirvana. Ambos lo aborrecíamos.
– Rodrigo, no me jodas, qué coño voy a ser marica. Lo que me pasa es que necesito algo más duro para excitarme. Follar como los osos amorosos no me pone cachondo.
– Eres marica. Decidido. Yo me correría antes de tocarla.
– Con la mierda que te metes últimamente con tus nuevos colegas me extrañaría que supieras distinguir un coño de una lijadora.
– Pero me correría igualmente.
Devoraba una porción de pizza fría como cada tarde. Sus hábitos alimenticios eran nefastos.
– Cambiando de tema… ¿Te has bajado aquel vídeo de Sasha Grey? Mi ordenador ha muerto del todo. Menos mal que lo más importe lo guardo en un disco externo.
– Kurt… ahora uso el ordenador de mis padres. También han visto toda la porquería que tenía almacenada y me lo han confiscado. Lo siento, marica.
– No les habrás dicho nada de que te pasé yo la mayoría de esos videos…
– Tranquilo. Me he comido el marrón yo solito.
Observé cómo le volaba la cabeza a un compañero de su unidad. En el Call of Duty era un desastre y necesitaba mil horas para pasar de nivel.
– Teniendo en cuenta que tus padres no están, ¿puedo probar a descargármelo en su ordenador antes de que lleguen? Seguro que me da tiempo.
Me miró de reojo sin dejar de jugar a la consola. Luego suspiró profundamente y entre sonrisas me dijo:
– Kurt… vete con tu novia, fóllala bien y déjate las olimpi-pajas para siempre.
8.
El insomnio irregular me acompañaba desde los 8 años. Mis padres trataron de que un especialista le pusiera remedio pero al final la única solución pasaba por tomar sedantes, algo que descartamos. Algunas veces, después de ver un video (porno en la mayoría de los casos) o leer, pasaba largos ratos inactivo donde meditaba sobre cualquier tema, sumido en una ensoñación extraña hasta las primeras luces del amanecer. El mundo, durante aquel periodo nocturno, se asemejaba un hostil recorrido donde turistas involuntarios acababan normalizando una pesadilla que nunca cesaría.
Una de esas noches de insomnio coincidió después de una salida con Marta por el día de San Valentín. No teníamos casa donde estar a solas, así que fuimos a cenar a un burger e intercambiamos regalos. Yo le compré uno de esos perfumes que anunciaban en la tele a todas horas, nada original. Ella en cambio me regaló un MP3 con una lista de sus canciones preferidas. Después de dejar a Marta con un triste beso, recorrí la plaza desierta escuchando la porquería sentimentaloide que me había grabado. Cold Play y los Beatles destacaban por encima del resto donde se podía encontrar hasta reguetón. Al llegar a mi habitación lancé el aparato a la repisa de la estantería y me puse a buscar algo más entretenido en el nuevo portátil que me había comprado mamá con el dinero de papá. En ese mismo momento comenzaron los mensajes de Marta. Que si había escuchado la lista, que si me gustaba su lista, que canciones le grabaría yo, etc.. Contesté sin mucho entusiasmo a los primeros y lo dejé cuando hallé un foro de porno-adictos. Al principio solo hablaban de videos de acceso público, pero un tipo (las tías no ven porno por lo general) con el nick MasterXXX dejó un comentario donde decía: “Internet profunda” y seguidamente un correo electrónico con un dominio rarísimo. Rodrigo, mas puesto que yo en materia de informática y redes, me habló una vez de que todo lo ilegal se cocía en el sustrato de Internet, donde no se dejaba rastro: venta de armas, contacto con sicarios, pagos a narcotraficantes y por supuesto, snuff movies y videos pedófilos. Aquello me parecía hurgar en un basurero humano. Aún hoy no entiendo que hizo copiarme el correo electrónico en una hoja y guardarla en un cajón. Pero el resto de la noche fantaseé con que podría encontrar allí. ¿Hasta dónde llegaría la realidad con relación a mis pronósticos? Mientras tanto, cuando el amanecer irrumpía, el móvil recibió un último mensaje. Era de Rodrigo. “Papá y mamá llegan a casa a mediodía. Yo en la cama encocado hasta las cejas. Cuéntame un chiste, marica”.
9.
En los recreos Marta se sentaba conmigo en las escaleras del pabellón de deportes. Desde allí se podía observar todo el patio, ocupado por idiotas dispuestos a hacer valer sus dones oscuros. Hubo una ocasión donde la crueldad comunitaria demostró una vez más su superioridad. Un chico obeso tartamudeaba insultos a un grupo de segundo. No sé a que venía aquello pero parecía haberse iniciado en la última clase. Siete u ocho orgullosos cretinos le ridiculizaban llamándole “metralleta” y “fanegas”. Enrojecido por la impotencia, el chico obeso terminó por callarse. Cuando parecía que todo había terminado, el exnovio de Marta se colocó detrás suyo y le bajó el pantalón de chándal. En el brusco movimiento los calzoncillos también acabaron en sus rodillas. En un instante las risas de todos los alumnos retumbaron como alaridos por el patio. En su prisa por subírselos cayó al suelo, aumentando el escarnio y el jolgorio de todos aquellos imbéciles.
No soy muy sensible a las injusticias, pero al pasar por mi lado el exnovio de Marta le lancé un lapo que impactó en su espalda. Él no notó nada y si lo hubiera hecho estaba dispuesto a partirme la cara por aversión a esa idiotez de quien cree que el mundo es su escenario clown, pura estética del bufón avasallador.
Nadie ayudó ni consoló al chico obeso que, una vez en pié y entre lágrimas, escupió maldiciones que nadie entendía.
10.
Recordaré un día de marzo donde estuve a punto de cometer incesto.
Después del divorcio de mis padres, me quedé a vivir con mi madre salvo dos fines de semanas al mes que pasaba con mi padre. Pronto esos fines de semana fueron aleatorios según la disposición de mi padre. Al final los contactos se reducían a la comida mensual que he mencionado antes.
El día en cuestión mi madre había preparado cena para tres personas. El novio de mi madre llegó tarde. Yo estaba terminando con el postre mientras él se disculpaba.
– No sabes cómo estaba hoy la consulta, Marie. He tenido que atender a tres pacientes sin cita previa.
Era (y es) un estirado comecocos que sustituía la confusión por la simple necedad.
Aquella noche me desperté de madrugada y fui al aseo sin encender ninguna luz y haciendo el mínimo ruido posible. Mi madre pierde la cabeza cuando la despiertan sonidos producidos por necesidades ajenas. Por las ventanas se colaba la tenue luz exterior. Al volver del aseo, me percaté de que la habitación de mi madre tenía la puerta abierta. Los gemidos eran extraños, como de oposición pero murmurando algo entre francés y español. No sé por qué me paré a observar. El comecocos daba las últimas sacudidas del orgasmo y de pronto se apartó. De repente contemplé la vagina depila de mi madre. Era abultada, firme y estaba húmeda. Aquella imagen me paralizó durante unos segundos. Cuando me movilicé por el temor de ser visto, avancé rápido y con cuidado a mi habitación. Al tumbarme la erección era dolorosa y le acompañaba una náusea que no provenía del estómago únicamente, sino de todo mi cuerpo. Estuve tentado a masturbarme para aliviar el desagradable momento pero pensé que eso lo empeoraría todo mucho más, que esa vía podía ser una insalvable fuente de traumas. Y no quería acabar en la consulta del comecocos relatando las pajas dedicadas a la tía buena de mamá. Esperé a que se me pasara, repitiendo mentalmente la frase vasoconstrictora “todas las francesas son unas putas”. Este método no fue nada eficaz. Al final, conjurando las más repulsivas escenas de la saga de Saw y dejando que el tiempo pasara, mi miembro retornó al mundo de los muertos.
11.
Las dificultades copulativas con Marta continuaban en el periodo de Semana Santa. Una tarde desnudos en la cama lo primero que hice fue buscar su clítoris. Pasaba con cuidado mi dedo índice por su alrededor y bajaba por sus labios vaginales ejerciendo una mínima presión. Después buceé a fondo entre sus piernas usando mi lengua. A mi mente venían las imágenes de las sucias y beligerantes embestidas anales de un video visto la noche anterior. Aquello me produjo una moderada erección mientras lamía el coño de Marta. Luego, acabado el trabajo, me decepcionó al negarme que reprodujera aquella fantasía. Me conformé con una larga mamada, costosa e irregular, que finalizó tras una esforzada y a ratos habilidosa dedicación. Seguidamente nos vestimos y salimos a pasear.
La conversación decaía (como sucedía siempre) tras una media hora de cotilleos insustanciales sobre el resto de la clase, las injusticias paternas y demás nimiedades que Marta imponía como tema en un monólogo repetitivo. Por un tiempo indeterminado anduve con la mirada perdida, ambos en silencio.
– ¿A ti solo te interesa mi coño o qué?- me preguntó de improviso.
La miré sin mostrar escándalo o sorpresa, lo que era una respuesta en sí misma.
– ¿No vas a decir nada? -insistió.
De repente un niño que corría junto a otros dos engendros por el parque tropezó conmigo, manchándome de barro los bajos del pantalón. Su madre, sentada en un banco, ni replicó. Parecía harta y lucía una cara amargada como si su única esperanza en esta vida fuera que algún fortuito ofendido (como yo) los decapitara, poniendo fin al infierno de su cuidado. Yo no pude reprimir mi mirada de rabia que Marta detectó. Para disimular acaricié la cabeza al pequeño bastardo y cambié de tema.
– Perdona. Pero es que las exigencias de mi padre me tienen harto.
– ¿Qué pasa con tu padre?
Le conté la idea que había tenido de ir este verano a Inglaterra para perfeccionar mi inglés. Le estaba detallando todas sus razones y también mis reparos cuando me percaté de que Marta me escuchaba embobada con la boca abierta. Algunas veces ponía esa expresión en su cara y nunca sabía muy bien cómo sentirme ante aquello. En aquellos momentos mis pensamientos oscilaban entre tomármelo como una tierna ingenuidad y me reconfortaba o como un claro signo de imbecilidad profunda y me sacaba de mis casillas.
12.
A continuación voy a trasladar un razonamiento que por aquellas fechas me confesó mi padre:
Explicar la función del sexo es como tratar de explicar el hambre; no ayuda a controlarlo ni su comprensión desvela ningún secreto especialmente relevante o iluminador. Pero follar en la edad adulta lo es todo, la recompensa única, el principal horizonte, la esencial respuesta. Y a esto no se puede añadir nada más…
Quizás una cosa sí: que no hay normatividad para esta pulsión básica…
13.
Un fin de semana de abril me llegó al móvil un video de Rodrigo. En él se veía la orilla de una playa rocosa, bajo una luz crepuscular. Al fondo de la imagen avanzaba un impreciso objeto. “¿Qué coño es eso?”, se escuchaba en el audio; otros proferían gritos de incomprensión. Un par de segundos después, mediante un zoom de acercamiento, se podía observar con más claridad el objeto: era la cabeza erguida de una muñeca. Los gritos de incomprensión mutaron a aullidos de incredulidad. La cabeza estaba deteriorada, apenas se distinguían los ojos y el pelo. El video continuó recogiendo su extraño zigzag entre las rocas, como si flotara a milésimas de la superficie, y pasados un par de segundos abruptamente se cortó sin mayor explicación. Me quedé estupefacto. Claramente no había ningún retoque digital en la grabación. “¿Qué mierda era eso?”, le pregunté a Rodrigo. No me contestó de inmediato. Visualicé el video varias veces sin encontrar explicación. Cuando me disponía a cenar me llegó otro mensaje: “Kurt… Dios ha muerto y las leyes universales se han ido al carajo”. “¿Pero que mierda hablas? ¿Vas pedo?”, le respondí. Otra vez no hubo respuesta. Con una interrogación entre los dientes tragué la comida. Hasta mi madre notó mi obsesivo estado.
– ¿A qué viene esa cara?
Me limité a responder que no tenía hambre.
Al volver a mi habitación todavía algo descolocado, encendí el televisor y puse el canal de noticias 24 horas. Me estiré en la cama y comprobé si Rodrigo estaba en línea. No lo estaba y tampoco había leído mi último mensaje. Lancé el móvil a mis pies y me centré en el informativo.
…Obama salía al paso con unas declaraciones sobre una masacre ocurrida en una idílica localidad de Massachusetts. Los muertos, feligreses de distintas edades y pertenecientes a una congregación católica, se contaban por decenas. Se volvía hablar por enésima vez del control de armas. El culpable, un joven blanco de rostro anodino y unos treinta años, posaba escoltado por media docena de policías. Sin antecedentes penales ni psiquiátricos, ejemplar estudiante, contrario a las drogas, aficionado al running y con pareja estable. No había ninguna pista sobre sus motivos. Él se había limitado a declarar “pertenezco a la ley de Dios y ningún hombre sobre la tierra me puede juzgar”. Hubo una transición. Plano medio de la Infanta Cristina junto a su marido Urdangarín. “… ha sido imputada por el caso Palma Arena”, declaraba el presentador. Mientras comentaba los pormenores de la acusación, se podía ver a la familia Real al completo en una recepción al rey saudí sacada de imágenes de archivo. Seguidamente, en un primer plano, la Infanta Cristina se mostraba sonriente mientras se escuchaba la voz de un entrevistado: “Nadie a día de hoy cree que los cargos contra la Infanta no sean suspendid..”.
En ese momento cerré los ojos. Vi la cabeza de la muñeca y susurró: “Maldito». Escuché cómo se desvanecía el eco de su voz metálica durante unos instantes. Volví a abrir los ojos.
En la pantalla se veía un resumen de Fórmula Uno. Un coche, tras chocar con el de delante, despegó del suelo y se alzó sobre la pista unos dos metros o más. Durante su vuelo recorrió una considerable distancia hasta impactar a escasos centímetros del tope vertical de la valla. Hecho una bola de fuego, toda aquella secuencia tenía una estructura grotesca, de negra animación hiperbólica. Comencé a reírme de un modo histérico, a carcajadas, como si en mi cerebro hubiera saltado el interruptor de la locura.
Se corroboraba lo afirmado por Rodrigo: las leyes universales se habían ido al carajo.
Mientras no paraba de reír me llegó un mensaje. “Estás tan envenenado por el porno, marica, que no eres capaz de distinguir cuando lo ves el hogar de un cangrejo ermitaño”, decía Rodrigo. Esto aumentó la fuerza de mis salvajes carcajadas. Así seguí durante un buen rato. Parecía delirar con la broma perfecta. En la televisión cambiaron a un anuncio promocionado por una ONG. Se sucedieron imágenes de páramos desérticos, adultos y niños famélicos. Cuando la imagen cambió al llanto de una niña, en ese mismo momento, una araña que salía de la parte de atrás del televisor cruzó media pantalla, deteniéndose en el centro de su boca llagada y reseca. Esta imagen, como una premonición sobrenatural, me cortó la risa al instante.
14.
En una visita a la facultad de Medicina en Espinardo me senté con un compañero llamado Gonzalo. Gonzalo era la personificación del típico individuo que seguramente sería olvidado en el recuento de vuelta. Era bajo, con gafas y de aspecto abobado. Lucía una camiseta ridícula de Batman varias tallas por encima de la suya.
– Creo que nunca hemos coincidido -me dijo tras diez minutos de silencio-. Bueno tampoco es tan raro, lo decía porque no recuerdo haber hablado contigo en clase.
Yo seguía sin intervenir y con mi vista fijada en el paisaje que se veía a través de la ventana.
– No estoy seguro pero creo que nadie más estaba dispuesto a compartir asiento conmigo. Hace una semana alguien me dejó una nota en mi mochila. ¿Qué crees que decía?
Esperó a que le devolviera la mirada y respondiera algo. Para su sorpresa, me limité a colocarme los auriculares de mi móvil y activar la música.
Al llegar nos recibió el decano de la facultad, un tipo enorme y orondo en la cincuentena con más apariencia de camionero que de alguien relacionado con la medicina. Nos dio la bienvenida y a continuación, mientras revisábamos las instalaciones, dedicó unas palabras referentes al historial y otros detalles insulsos sobre el edificio y la propia licenciatura. Le acompañaba una joven profesora, de unos treinta y pocos años, que no añadió nada a su intervención. Era extremadamente delgada y con rostro anguloso. Luego entramos en una sala de proyecciones y nos sentamos en las sillas preparadas para el siguiente evento, que consistía en la visualización de un trasplante cardíaco. Nada más empezar más de la mitad de mis compañeros salieron de la sala sin poder reprimir la náusea. Yo me quedé fascinado. Era pura dominación sobre el cuerpo del hombre y su precaria naturaleza. Algo prometeico. La joven profesora, que resultó ser docente de cirugía, estuvo todo el tiempo añadiendo comentarios mientras avanzaba el video. Para terminar nos comunicó que el mayor tiempo de vida alcanzado tras un trasplante de corazón era de 31 años. Alguien quiso aplaudir pero nadie le siguió.
Al acabar la visita busqué al fondo del autobús un asiento libre para estar solo.
No recuerdo ver subir a Gonzalo.
15.
Una noche todo acabó con Marta. Faltaba apenas un mes para el final de las clases y el inicio de las vacaciones de verano. Estábamos en su casa, desnudos en su cama. Sus padres le habían dejado sola como casi todos los fines de semana. Nuevamente no alcanzaba la excitación. Mi pene blando no respondía a sus besos y caricias. Su cuerpo relucía plateado por efecto de la luz nocturna del exterior. En un momento dado nos giramos hasta que ella quedó encima de mí a horcajadas. Se contoneaba frotándose con su pubis, delicadamente balanceándose sin que tan siquiera notara su peso. Yo le acariciaba sus pechos y con la yema de los dedos rozaba sus pezones rosados. Pero todo aquello no logró producirme una erección. Tras unos minutos paramos. Nos tumbamos boca arriba, uno al lado del otro.
– ¿Te has aclarado con tu padre? -Marta evitó hablar del tema.
– Más o menos. Creo que aceptaré ir a Inglaterra al final.
La belleza de Marta me recordaba a las esculturas de mitos griegos: marmórea, lisa, desafiante.
– Espero que me llames alguna vez si vas. -Mantuvo los ojos petrificados en mi rostro.
Mi respuesta fue bajar con mi mano izquierda hasta su ingle y recrearme suavemente en su vagina. Cerró lo ojos y susurró palabras indescifrables. Unos segundos después sus gemidos parecían el sonido de una respiración aquejada por la falta de aire. No sé por qué pero aquello me excitó. Me coloqué encima suyo y con mi mano libre rodeé su cuello. Los gemidos se volvieron guturales. Sentí como la sangre se concentraba en mi verga. Acto seguido la penetré. Un aullido sordo escapó de su garganta. Llevé la otra mano también a su cuello. A medida que arremetía con fuertes sacudidas, cerraba más y más mis dedos sobre su garganta. Su respiración había cesado y trataba de zafarse de mí. No recuerdo los últimos segundos pero cuando me corrí se me erizó la piel, destensando todo mi cuerpo. Al instante Marta me golpeó y caí de la cama. Recuperó el aire aspirando entre jadeos.
Me reflejaba en un espejo vertical que llegaba hasta el suelo. Mi mejilla izquierda estaba marcada por cuatro cicatrices diagonales. Ni siquiera me dolía. Miré a Marta; el terror la hacía temblar. Luego me volví al espejo. Mi rostro era la imagen de un niño enloquecido por la experiencia del crimen cometido con violencia.
Sin ninguna explicación abandoné su casa. Aquella noche no recibí ningún mensaje de Marta.
16.
Después de aquello no hubo ningún contacto. Temí su denuncia o acusación pública durante algunos meses. Nunca nadie me demostró algún conocimiento de lo ocurrido. La ruptura se explicó por diferencias de poco peso, como un cansancio de ambos. En eso coincidimos al responder a los curiosos. En julio volé a Manchester para instalarme en la casa de una familia y mejorar mi inglés. Aquel verano fue terriblemente solitario.
No he vuelto a tener ninguna relación seria en estos siete años. Solo encuentros efímeros poco o nada satisfactorios. Me matriculé finalmente en Medicina y ahora estoy a punto de terminarla y prepararme para el MIR.
En cuanto a Rodrigo, nada bueno que decir. A finales de segundo de bachiller tuvo un brote psicótico por efecto de una sobredosis de cocaína y MDMA. A partir de entonces se multiplicaron las intoxicaciones a pesar de los esfuerzos de sus padres y los ingresos en clínicas de desintoxicación. Ahora vive con una depresión crónica que no le permite estudiar o trabajar. La semana pasada le hice una visita después de mucho tiempo sin verle. Seguía encerrado en su habitación pero ahora jugando al póker online día y noche. Sus padres se han rendido y solo buscan evitar algún nuevo intento de suicidio.
17.
Ahora, para las pocas personas de mi entorno, estoy en Amsterdam con unos compañeros de facultad. Pero en realidad estoy en Bangkok. Esta habitación huele a pobreza y sudor agrio. Las ventanas están cerradas y las persianas bajadas. Aunque pueda sorprender, no estoy solo. Y no me conmueve su cara de terror. Estoy acostumbrado a esa expresión de desconcierto y fragilidad traicionada. La he visto muchas veces en los videos.
En esencia estoy repitiendo aquella última noche con Marta. Pero con ella el ejercicio de la violencia es innecesario. Con el mero acto se corrompe infinitamente su significado de incólume.
Para la ocasión me he traído unos altavoces portátiles y he iniciado mi tema preferido. Se escucha Golden Years de David Bowie.
Nada me va impedir acometer esta vileza, algo que he imaginado vívidamente muchas veces.
Se desviste con torpeza, reteniendo dolorosamente mi desnudez. Todo es tan denigrante como incitador.
He decidido subir este último escalón y allí me espera una nínfula en el esplendor de su inocencia. Sus labios parecen querer susurrar algo.
Never look back, wall tall, act fine.
Ya he hablado bastante. Es hora de que el silencio me cubra y me proteja nuevamente.
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