A.
«Podrido encanto el que luce esa cara…».
Terminó de vestirse frente al espejo y sonrió como un siniestro idiota.
Traje entallado negro, corbata gris, camisa azul marino; en vez de sus habituales zapatos, botas oscuras urbanas.
El loft era de paredes blancas y los muebles de un color mate brillante. Había algunos cuadros (copias de Picasso) y ninguna fotografía. Una rosa marchita en un jarrón de cristal actuaba para mantener la tristeza del lugar.
Un hámster, ubicado en la cocina central, se reventaba el corazón después de ofrecerle una china de coca. No sabía Alex por qué había dado una pizca de nieve al bicho, quizá maldad innata, aprendida en el inframundo en que se movía.
B.
—Licúa esa frase. Dime a qué sabe, Alex.
Entrenado para la venganza abierta, a él le atemorizaban sus ocurrencias. Alex miró sus botas y se ajustó la corbata (otra vez).
—No entiendo de qué coño me hablas.
Vivía en medio de ninguna parte, a unos 100 kilómetros de la ciudad, algo más desde el loft de Alex. Un manto verde dominaba el paisaje. Allí, entre la casa a punto de derrumbarse (o esa era la apariencia) y el camino de tierra donde Alex había estacionado su Jeep rojo fuego.
—¿Por qué has venido entonces? ¿A ver si seguía con vida o si había perdido la cabeza? Dime…
Alex sacó su móvil y con la piel erizada buscó un nombre: Julien Sorel. En ese momento las nubes cubren el sol y un gris aplomado recubre hasta sus huesos.
—Nada de eso —y Alex no añadió nada más.
—Me encanta. Eres una autentico Hijo de Perra Mentiroso.
C.
Abandonó el lugar a los cuatro minutos de escuchar la palabra «invierno». Alex quedó con un par de mensajes con su grupo habitual de los sábados (antiguos compañeros de universidad).
En el Jeep puso música de los Rolling y de Metallica. Fumó un cigarro de blanca; aún le quedaban dos.
«Puto abril lluvioso y frío», pensó o dijo en voz alta cuando le quedaban quinientos metros para llegar al restaurante.
La mesa reservada estaba en el centro del local, una mesa redonda para cinco, donde ya se había sentado Marcos. El pelo caoba empapado y la chaqueta de cuero negro chorreando; Marcos estaba encabronado.
Había diez mesas en todo el salón, cuadradas en las esquinas y con paredes llenas de retratos de todo tipo (algunos famosos como Chicote, José Tomás, María Valverde, el cantante Pucho…) y una amplia cristalera en la entrada que daba a una plaza desierta.
Alex entra y no distingue a Marcos del resto de comensales. Incluso envía un mensaje al grupo. Marcos, divertido, le dice que está con la despedida de soltera. Alex, a punto de llegar a ellas y hablar, cuando un segundo antes Marcos saluda desde su izquierda.
—Cabrón.
Alex encuentra una antigua mascarilla en el bolsillo de su chaqueta. Una mueca orgullosa.
D.
—¿Cómo está X.? —preguntó Marcos.
—Como una cabra, como siempre. —Alex miró a una chica con mallas negras y continuó— ¿Estará bien el local?
—Seguro. Toma.
—¿No quieres más? —Después Alex aspiró el humo del cigarro de coca que le había pasado.
La avenida era un espejo negro por el que transitaban animales perdidos. Otra chica con mallas negras pasó al lado de ellos. Alex tuvo la breve paranoia de que era la misma de antes.
—¿Por qué se han ido Andrés, Luis y Toni? Parecía acojonados por algo siniestro.
—No. Están en Malaje. Quieren estar a solas por tener novia —dijo Marcos.
Alex dibujó una expresión de perplejidad y remató el cigarro. Antes de tirarlo a un charco, pasó otra chica con mallas negras. Un escalofrío heló a Alex.
E.
En su loft. Eran las 4:13 de la madrugada y Alex no estaba solo en su cama. A pesar de haber bebido bastante no podía dormir.
El hámster había sobrevivido, extrañamente, y ahora roía su pienso con un ruido molesto que socavaba el interior de la cabeza de Alex.
Su traje, su corbata y su camisa eran una presencia ajena en la silla de al lado de la cama. Él podía distinguir el contorno de los objetos por un brillo lunar llegado del exterior.
En la calle, atenuada su conversación, se distinguía a dos chicas con risas estridentes y un vocablo salvaje. «¡Nunca, nunca cederé ante ese piel roja!… ¡Es lo contrario a la superficie del placer!» o «…¡Es lo contrario, súper fiel del ayer!», escuchó Alex.
En una epifanía terriblemente amarga, supo de quién procedía aquella voz.
Se dio la vuelta y mordió la almohada de rabia en un sordo grito enloquecido. Tardó medio minuto agónico en dejar de escucharla.
Cuando la voz de ella se diluyó hasta desaparecer en la noche, el hámster, como en un golpe de divertida venganza, empezó a correr en su rueda.
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