Ascendía por la cuesta en dirección a la cabaña. Una lluvia fina quedaba atenuada por las dos hileras de pinos. Alejandro se registraba los bolsillos en busca del paquete de tabaco hasta deducir que se lo había dejado en el coche.
—No te preocupes. Aquí dentro ya no se puede fumar.
Alejandro miró al frente y vio a un canoso sesentón en bata bajo la puerta de la cabaña. Tenía el pelo largo y una barba espesa, pero sin duda era su padre.
—Veo que lo que sí se permite es comer en abundancia, michelines —dijo Alejandro.
Sin más gesto que un apretón de manos, ambos entraron. La pequeña sala de estar había sido despojada de las mesas de trabajo y de las herramientas, colocando en su lugar algunos muebles que la hacían más confortable. Su padre le dijo que iba a ducharse y a vestirse, que esperara allí un momento. Cuando Alejandro se sentó en el sofá descubrió un peluche de Pocoyo. Lo cogió y lo tiró con rabia al sillón de al lado. Acto seguido se sacó el móvil para entretenerse pero, después de unos segundos de vanos intentos, comprendió que no había cobertura. Dejó el móvil y cogió el periódico de la mesa.
Estaba en la cuarta página cuando oyó una risa aguda procedente de la habitación. Era evidente que no era de su padre, lo que significaba que había venido con ellas. Pensó en salir de la cabaña y esperarlo fuera. Pero en ese momento llovía con fuerza. Sin razonarlo mucho, comenzó a buscar un paraguas en uno de los armarios de la estancia.
—Hola.
Alejandro se detuvo y puso una risa bobalicona al verla a ella y a la niña. No podía recordar su nombre. ¿Lucía? Sí, era Lucía, se dijo a sí mismo.
—Hola… Perdona… Estaba buscando un… —entonces la niña, que apenas andaba, corrió hacia él interrumpiéndole y le abrazó las piernas.
—Mira, Adela todavía te recuerda de la boda —dijo Lucía.
Alejandro recordaba otra cosa de la reciente boda con su padre: bailar completamente borracho con ella y proponerle al oído ir al aseo a echar un polvo. Aquel recuerdo le producía tal vergüenza que solo pudo mostrar con la boca una mueca de agonía.
—Bueno, de pesca, ¿no? —le preguntó a Alejandro.
Éste asintió mientras seguía paralizado por los brazos de la pequeña. Lucía llamó a la niña para que fuera a su lado. Ambos se quedaron en silencio, contemplando cómo Adela apretujaba y mordía el muñeco. Alejandro pensó que el peluche era afortunado por no estar vivo.
Para disimular su nerviosismo él empezó a curiosear los retratos que estaban colocados en la repisa de la chimenea. Uno era de su padre y su socio en la inmobiliaria, Jaime Romeo, sujetando cinco truchas enormes. Su padre, vestido únicamente con un bañador, aún tenía el pelo castaño y poca barriga. En cambio, Romeo parecía un jubilado veterano a pesar de tener, más o menos, la misma edad que su padre. Más alto y además calvo, parecía un luchador de sumo retirado. Alejandro aún recordaba cómo de niño le clavó un anzuelo en la mejilla, provocándole una risa enloquecida que su padre castigó con la primera y única bofetada que recibiría de él. Alejandro no lloró pero estuvo sin hablarle tres o cuatro meses.
—¿Sabes que Jaime se jubila? —le preguntó Lucía.
Alejandro negó con la cabeza. Desde que lo echó su padre de la empresa (continuas ausencias, errores frecuentes, trato desagradable con los clientes) nunca hablaba con él de trabajo. Ahora malvivía como relaciones públicas de una discoteca y a veces soñaba con la herencia si su padre la palmaba. La de su madre fue una cantidad ridícula que se gastó en un mes de juerga continua.
—Tu padre en cambio dice que morirá con las botas puestas.
—Sí, eso le pega —apuntilló Alejandro.
Volvió el silencio, o el casi silencio, pues la niña berreaba mientras torturaba a Pocoyo. Alejandro volvió su vista a los retratos. Se fijó en uno que le produjo un dolor que le ocluyó la garganta. Era reciente y en él se veía a Lucía, Adela y su padre delante de la cabaña, todos vestidos de blanco y sonriendo como una familia perfecta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que él no aparecía en ninguna.
—Listo —apareció su padre de improviso—. ¿Nos vamos?
Cuando salieron la lluvia había parado. Decidieron ir cada uno en su coche a una rivera que conocían ambos, a unos diez kilómetros de distancia. Poco después de iniciar el trayecto, Alejandro había perdido de vista el Range Rover de su padre. Continuó hasta ver un bar-restaurante que quedaba en la orilla de la carretera y dobló en dirección hacia el parking. Antes de salir del coche, cogió el paquete de tabaco y apagó el móvil. Aquél no sería un día de pesca.
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