Sin título 2.

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               Los tacones de sus botas le empezaban a estrangular los pies, su respiración a través de la mascarilla de diseño se hacía agobiante. Andaba con prisa porque el toque de queda hacía diez minutos que había empezado. Era demasiado tarde cuando miró la hora en casa de su ex-novio, en plena discusión, y ahora podía meterse en un serio problema.

                Lo peor de la pandemia había pasado en China, pero se seguían con estricta rigidez las nuevas normas del gobierno. Si averiguaban que había estado con un no conviviente, la pena de cárcel era segura. Pero hacían dos meses que no se veían y Liu quería volver a retomar la relación después de que él decidiese cortar.

                Aunque fuera pleno invierno, el largo abrigo grana le provocaba un calor asfixiante por el esfuerzo y su flequillo húmedo le tapaba parcialmente la vista de lo que tenía delante. Y así, sin previo aviso, dio con tres militares ubicados en una esquina, a cuatro manzanas de su calle. El pánico le hizo soltar el maletín que cayó al suelo, vaciándose casi totalmente.

                —Vaya, una lista. ¿Por qué está incumpliendo el toque de queda?

                El militar que le había hablado incluso era más bajo que ella. Creyó que por eso era cabo, por ambición contra sus complejos. Liu comenzó a recoger el caos de objetos que había desperdigados por el suelo. Cuando vio la caja de condones se ruborizó.

                —Perdón, perdón. —La garganta se le ocluyó por la sequedad—. Problemas en el trabajo. He salido hace diez minutos.

                —Deje de recoger y deme el permiso de trabajo. —Giró su vista al soldado de su derecha—. Gao, registra el maletín y lo que hay en el suelo.

                Gao lo miró cómo si hubiera dado la orden a un perro. Liu aplanó el permiso laboral con las manos sudadas, destiñendo un poco la impresión. Luego se lo tendió al cabo temblorosa.

                —No puedo leer la hora de finalización, pero sabiendo que es ilegal no dejar un margen más que suficiente, me deberá dar una explicación para su retraso.

                Liu se estiró la goma de la mascarilla, nerviosa, mientras pensaba una coartada creíble. Gao terminó de examinar el contenido del maletín y se lo devolvió bajando la vista a su pelvis. Liu parpadeó varias veces involuntariamente.

                —Es que se ha complicado una tarea que mañana estaba fuera de plazo. Hemos tenido que trabajar hasta tarde. —Una lágrima le corrió el maquillaje de un ojo. Ninguno (quizá al ser de noche) reparó en ella—. Si quiere puede llamar a mi supervisora. Tengo su teléfono privado en el móvil.

                Cuando Liu buscaba el contacto de una compañera, no de su supervisora, un extraño hipo hizo retroceder a los tres militares. Liu aguantó la respiración hasta que desapareció. El cabo la miró con ira.

                —Aquí tiene. Pregúntele a ella si no me cree.

                —No puedo tocar su móvil. Llámela y ponga el teléfono en manos libres.

                Cuando oyó que descolgaban Liu se apresuró en hablar:

                —Yan, soy Liu. Estoy en un control por salir tar-.

                —¡Cállese! ¡Yo soy quien pregunta! —interrumpió el cabo—. Soy el cabo Tsung-Dao. ¿Es usted la supervisora de Liu Lee?

                Al otro lado de la línea la respiración se hizo profunda.

                —Si, Yan Sao de Xanama Textil.

                El cabo calló intencionadamente, esperando el desliz de Yan. Liu tocó el viejo reloj de bolsillo que le colgaba del cuello como si hiciera, por primera vez, una súplica divina.

                —Liu ha tenido que salir más tarde por un trabajo urgente —contó Yan con determinación—. La empresa debía cerrar un proyecto de trajes de protección hospitalaria.

                Aquella mentira sorprendió a la misma Liu. La amistad con aquella boba por fin le sirvió de algo. Liu recordó cómo, estando solas, ignoraba los discursos democráticos de Yan con su sonrisa postiza, dándole la razón sin ni siquiera pensarlo. El cabo Tsung-Dao terminó por ceder:

                —Vuelva a casa.

                Liu colgó sin despedirse y cuando dio unos pasos, el tercer militar, que estaba a unos metros del cabo y Gao, recogió algo del suelo. Llamó a Liu y en voz baja le dio la enhorabuena. Liu lo cogió sin detenerse y siguió rumbo a casa. El militar se excusó diciendo que era un lápiz de labios.

                Al llegar a su apartamento, la descarga de adrenalina le hizo caer en un llanto nervioso. Miró con odio aquello que portaba en la mano y en un arrebato lo lanzó contra la pared, partiéndolo en varios pedazos.

                No, sin duda. No había sido una buena idea anunciar en persona su embarazo para presionar a su ex-novio. Incluso el mensaje de este suponía un sacrificio insignificante: «No quiero discutir más, Liu. No quiero provocarte más inseguridad. Solo pensemos las opciones correctas. Llámame».

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