Velatorio

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Cuando Jaime llegó al tanatorio los ojos enrojecidos de Carlos le indujeron a pensar que había llorado, pero el olor a marihuana pronto le sacó de su error. Estaba en una esquina de la terraza interior que precedía a las salas de velatorio, fumando un cigarro «trucado», como lo llamaba él.

—¡Coño, Jaimito! ¿A ver si se despierta el muerto?—Un familiar del difunto lo miró airado pero no dijo nada y se fue—. Ven pa’ ca’ que ya lo vigilan los mongolos de sus primos, que no hacen otra cosa que martirizar a los padres con los veranos de Chanquete y otras historias pa’ no dormir…

Jaime se sentó a su lado y con las manos le indicó que bajara la voz.

—Pobre Gabriel, parece Marilyn Manson con anorexia tipo campo de concentración… Pero que descanso después de treinta y tantos años de mierda….

—Bueno, Carlos, ha tenido sus momentos también.

—Na’, siempre recortao ya sea por ir sin un chavo o porque no lo veía bien. Ni en el instituto tuvo un homenaje decente. Tú lo sabes también. Pronto se echa novia, a currar, boda, hijos y lo que sigue, que fue más bien triste. Apaleao hasta el final como me dijo a mí en el hospital. Y el final agüita, Jaimito, agüita con el final. Un cerullo de vida, no te engañes.

—¿Has visto a su ex?

—No, ni la quiero ver. Menuda buitre… ¿Sabes lo primero en que se preocupó al saber que le había picao el cáncer al Gabriel? —mira a Jaime y este niega con la cabeza—. Pues en si tenía derecho a alguna pensión cuando muriese. Así como te lo cuento, Jaimito.

—Hombre, se queda con dos hijos a su cargo, Carlos, normal que se preocupe.

—Que no, Jaimito, que no. Que no la’ querio nunca la loba. Que no lo dejó respirar en los doce años de relación y que lo arruinó como una hiena cuando se separaron con un hijo por parir. Y el pobre Gabriel a casa de sus padres pagando dúplex, coche y pensión. Trabajando los fines de semana en un bar de mierda por si no tenía bastante en la fábrica. Y a to’ esto le sumas una depresión tipo canción de La Chavela Vargas en bucle. Un infierno, Jaimito, un infierno.

Ambos se quedaron en silencio. Carlos tiró el cigarro después de apurarlo.

—Sa’ ganao el cielo, eso sí, pero su cielo va a ser pudrirse en una caja de pino y descansar. Porque dime tú quién cree en algo que no sea eso —lo mira sonriendo—. Menuda risa mañana cuando hable el cura, Jaimito. La cantidad de chorradas que te sueltan esos timadores pa’ que seas un triste borrego. No peques —puso voz de niña repelente— que ganas una parcelita en las nubes pa’ que te menees la chorra. No me jodas, Jaimito. Si el que no peca no vive, tan claro como el agua. Mírame a mí,  que sí, que me paso más tiempo parao que currando, que no hay una noche que llegue antes de las dos a mi casa, que me meto más veneno que el Mar Menor, que hoy con una y mañana con otra, pero feliz y sin preocupaciones. ¿Sabes que El Gabriel se dejó el tabaco seis meses antes de que le dijeran que tenía el bicho? ¡Si llevaba un año corriendo casi cada tarde después del curro! Pues mira ahora, al hoyo. Por aplicao y santurrón, al hoyo, a darle de cenar a los gusanos. Y yo más sano que una lechuga. Si el dicho lo dice to’: «Mala yerba nunca muere». Pues a eso, que cuando me muera no me quede ni una neurona por freir…

Jaime se quedó pensando si semejante extremo era preferible. Carlos se encendió un cigarro (sin «trucar») para dar ejemplo con lo dicho. Le ofreció a Jaime que no dudó en cogerlo.

—Y si no te convenzo yo, que sea el mundo el que lo haga. Porque dime tú, Jaimito. La de mierda que hay que tragar para cuatro ratos decentes. Y aquí nos podemos dar con un canto en los dientes aunque no sea el País de las Maravillas. Porque mira la miseria y el bestialismo de la mayor parte del mundo, sufriendo to’ el rato para sobrevivir «malamente», como canta La Rosalía. Así que ante eso, insumisión. Que les follen a los anuncios y a las promesas de mierda, que yo voy a hacer lo que me salga del nabo…

Jaime pensó que era hora de contradecirle, que había en la balanza otras cosas que valorar, pero se quedó con la palabra en la boca.

—Pobre Gabriel, incluso con los higadillos hechos paté tenía buenos detalles. Voy un día y le digo que tengo el móvil roto y me da el suyo, así como lo oyes. Y yo que no, hombre, que le hará falta y que yo ya sacaré alguno barato, pero na’, se empeña en dármelo. Yo sigo en mis trece de que no puede ser, que cómo me voy a llevar su móvil, que nasti, que no procede. Y me suelta que no quiere tener por teléfono más conversaciones de mierda, llenas de falsas ilusiones y justificaciones baratas pa’ no ir a verle, que yo al menos estoy allí, pa’ lo que haga falta y que lo coja. Que quién quiera hablar con él que le eche cojones y vaya a verlo y a despedirse como Dios manda, cara a cara. Pero tendrás que hablar con tus hijos, le digo yo ¿Y sabes lo que me contesta? Que no quiere hacerles llorar más, que le rompe el alma hablar con ellos, que siempre tiene que mentirles, decirles que pronto irá a jugar con ellos a la Play y pasar un rato, que no pueden venir por si enferman ellos también, cuando en realidad lo que no quiere es que lo vean hecho un E.T. amarillento, que menudo recuerdo pa’ ellos y que coja ya el puto móvil que si no lo va a tirar por el váter cuando me vaya…

Carlos sacó un IPhone del bolsillo y se lo dio a Jaime. Este sonrió al ver el salvapantallas.

—Hazme un favor, Jaime. Borra el contacto del Gabriel que yo no puedo —se le cortó la voz a Carlos.

Jaime le pidió el código y, nervioso y con lentitud, buscó el contacto y lo borró. Cuando miró a Carlos este se oprimía los ojos con los dedos.

—Vamos, Carlos, te invito a una cerveza en la cantina.

—Sí, vamos a beber algo en honor del Gabriel —suspiró profundamente al acabar la frase—. Que to’ esto es una puta mierda.

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