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Aminoró el paso al torcer por la calle Torre de Romo. En un poste digital pudo comprobar que era la una de la madrugada. Apenas había farolas encendidas y las pocas viviendas que lindaban con la acera eran viejas casas tapiadas; al otro lado había un pequeño parque desierto y casi oscurecido por completo. Ni siquiera había coches circulando en aquel momento. Se miró la mano izquierda pero apenas se podía ver el enrojecimiento entre su suciedad y  la falta de luz: los dedos pulgar e índice parecían escocerle. Se escupió en la palma y se frotó ambas manos apretando los labios por el dolor. Por mi santa madre, ande más te duele, cabrón. Y nunca sabrás quién fue. Se abrochó la chaqueta y se subió la mascarilla. Al respirar a través de ella empezó a buscar entre sus bolsillos pero no encontró ningún paquete tabaco. Hostia puta. ¿Se me ha caído o lo he acabao? ¡A la mierda! De repente sacó un zippo del último bolsillo donde rebuscaba. Lo abrió, lo cerró y miró a sus espaldas para comprobar que nadie lo observaba. Siguió andando y empezó a silbar una canción improvisada. Poco a poco se fue acercando a un cruce donde los semáforos y algunas ventanas con luz iluminaban algo más la zona. Se paró, esperando al verde en el paso de peatones mientras que, repetitivamente, cerraba y abría el zippo. «Un regalo apropiao para un bastardo que ni ha acabao el instituto», me dijo el cabrón. Ahora no te reirás tanto, musculitos, aunque tos sigan comiéndote el culo. Cuando se disponía a poner el pie en la calzada una estruendosa sirena le hizo detenerse. Miró a ambos lados subiéndose la capucha de la chaqueta con tanta prisa que se desgarró, dejando su nuca al descubierto. Me cago en Dios. ¿Ahora? ¡Puta chaqueta! Unos segundos después pasó un camión de bomberos a toda velocidad. Él se río con nerviosismo, reprimiendo los sonidos de su boca. Ahí lo llevas, joputa. No os dará tiempo a na’. Con lentitud reanudó el paso silbando nuevamente esa melodía, pero mutando ahora a lo que parecía la música de una película de Stephen King. Miró nuevamente el zippo dorado pero esta vez lo encendió. Sus ojos se quedaron hipnotizados con la llama. Dejó de silbar y se detuvo en una parada de autobús vacía. Parecía cansado pero no se sentó. La luz que incidía sobre el banco creaba un reflejo con el cristal donde se podía observar nítidamente a sí mismo: un famélico perro callejero, imberbe y con los ojos situados en dos abismos. Después siguió mirando el zippo encendido. No soy ningún bastardo, joputa, cabrón, malpario…

Minutos después seguía mirando aquel brillo enfurecido como si le hubiera anulado completamente la voluntad. De repente, como si despertara de un trance, sopló sobre la llama. El zippo se apagó y cerró la tapa con un latigazo chulesco. Luego empezó a caminar calle arriba sin saber muy bien por dónde debía ir.

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