Sicario.

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El que pueda elegir que elija, nomás. Como yo ahora cambiando de canal, buscando una peli que me saque de ñáñaras. Mañana a foguear. A mí me funciona dispararles por la espalda, en la nuca. Y nunca a niños. Así se agüitó el compadre Ernesto sin levantar cabeza. Mamando noche y día después de aquél trabajo y todo porque no le identificara el chamaco. Arrecholado, en casa, todo el tiempo hasta meterse una bala…

                Hay que apantallar a la presa, sin súplicas que te hagan dudar. En mi bautizo le dejé que me mirara a los ojos y no me lo saqué de la cabeza en un mes. Encabronado hasta en la cama. Mañana no es día para la hueva, hay que cumplir con el Jefe. Me pondré por encima de Serna, ese sacatón que se negó por temor a que el señalado es un gringo, un pez gordo con contactos en el gobierno. Pero tiene una debilidad por los chavos en la sauna de El Rosario, eso no lo sabe Serna, no zochea lo suficiente a la presa. Puede taparse como unos celos de algún morro despreciado…

                Luego volveré aquí, chale. No grites, huevón, que parece que te han arrancado la verga. Maldito hostal que sirve de burdel. Pero es el mejor sitio. ¿Esto es una peli o un serial? Bueno, mejor que nada. No puedo ver a madre en un par de meses, tampoco llamarla. Estoy deseando tomar el varo por el trabajo y largarme con María a Guerrero. Ella me esperará allí, en un apartamento alquilado. Unas buenas vacaciones, viendo la Copa América de día y cogiendo con María por la noche, hasta que el Jefe me reclame…

                Sin mi bautizo no hubiera conocido a Ernesto. Siempre me acuerdo de él antes de un trabajo. Me fichó al enterarse a quien había baleado, un chivato que hacía de recadero para subalternos del Jefe. Yo apenas un chamaco de catorce años, un ratero muerto de hambre que no había pisado la escuela. La casa, la luna, el carro. Así empezó a enseñarme a leer Ernesto. Esta película no tiene sentido, güey. Más pendeja no podría ser. Y el actor que hace de chofer se parece a Pablo Escobar. O eso creo. Ernesto sí conoció a Pablo Escobar, al verdadero. Estaba en Culiacán con otro patrón. Tenía veinte años Ernesto. Como un graso guiri más el Pablo, remojándose en la playa. La de chavas que debía tener alrededor el cabrón. Ernesto pillaba alguna de las que querían escalar. Pobres ilusas. Con el Jefe pasa lo mismo. Así conocí a María, rondándole al Jefe. Por eso no me dejo engatusar por ella, chale. Hoy a mí, mañana a otro. Como decía Ernesto las chavas pueden joderte la determinación. Y si no, su ejemplo con aquella, ¿Lupe? Sí, Lupe se llamaba. En la foto parecía una yegua bien puesta, «rubia como de oro», decía. Divorciada de un gallego y con un hijo de 5 años. Al chamaco le tomó cariño como si fuera suyo. «Ella se fue con un gringo idiota a Florida, chale», me dijo. Y así se chingó la cosa. Aquella vez fue la única que lo vi agüitarse. Hasta que le tocó aquel trabajo malparido. Mierda de peli. Nadie se pone a charlar cuando se sacan las pistolas. Eso me lo enseñó Ernesto: después de sacarla que solo se oiga tu disparo o te pifian el valor. Él lo cumplió hasta el final. En el último trabajo también. Pero cruzó la línea. Nada de niños. La mañana anterior el noticiario no paraba de hablar del homicidio de 12 periodistas en París, los que publicaron una caricatura de Mahoma. Ernesto decía que aquellos moros habían recibido entrenamiento militar. Ernesto estuvo dos años en el ejército y por eso era el más chipocludo con las presas. Yo lo visitaba después y no paraba de hablarme de las pesadillas que tenía por la noche, puros carnavales de violencia. En unos días se le fueron las cabras y empezó a verlo por la ventana paseando, como si un gemelo suyo fuera a su calle a torturarlo. Fantasmas, decía. Si empiezas a creer en fantasmas, busca un loquero, güey. Cómo ayudas a un chiflado, si no. Le hablaba de pelis o de alguna chava que me había cogido, pero él volvía a cantinflear con el niño sin dejar de mamar whisky barato. La última noche me confesó su locura. «Era el hijo de Lupe, lo maté, compadre», me repitió varias veces como si hablara en otro idioma. «Ernesto, se chingó y punto, no te rompas más la cabeza», le dije. El calló como si le hablara otro fantasma. En eso nos convertimos todos para él, en fantasmas. Y se quedó tan solo y abandonado a sus pesares que no lo soportó más y se voló la sien, chale…

                Nada. Todo un cuentecito chueco del que aprender. Y al infierno con todo esto, que no me hace bien. Y a la mierda esta peli huevona. Es tarde y mañana hay trabajo. Ese gringo tiene la negra, no yo. Ahorita a dormirla como un santo y el que pueda elegir que elija, nomás.

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