Miseria

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Al salir del portal del edificio, Juanlu tropezó consigo mismo y se dio de bruces en la acera. El oceánico alcohol ingerido le hizo imposible levantar su pesado cuerpo. El cristal derecho de sus gafas se resquebrajó, fraccionando la vista de la fachada a la luz tenue de las farolas. Con movimientos torpes sacó su móvil y miró la hora. Eran casi las tres de la mañana y el plan parecía dormir al raso, tumbado en plena calle como si fuese una bolsa de basura.

*

Lo primero que hizo Juanlu al llegar a casa de Santos fue abrir una botella de vino y servirse una copa sin esperar a que llegaran Miguel y Sandra. Pasaban diez minutos de las diez de la noche.

—Empiezas fuerte —dijo Santos.

—Es para celebrar mi nuevo empleo, entiéndelo Santos. — Se limpió la boca con el dorsal de la mano y continuó—. Llevo un año sin trabajar y parezco un adolescente, subvencionado todo este tiempo por mis padres.

La mujer de Santos, Lucía, revisaba a la pequeña de ambos, de apenas unos meses, que dormía en la habitación. Santos había colocado el último plato cuando sonó el timbre del portero automático. Juanlu se sirvió otra copa de vino antes de que subieran.

Miguel llevaba el brazo escayolado por una caída en bicicleta. Al salir del piso tendría dibujadas dos pollas y una esvástica dedicada por Lucía por votar a Vox en las recientes elecciones. Sandra portaba una bandeja de dulces que haría sentirse culpable a Juanlu por no traer ningún obsequio a la cena.

Las primeras conversaciones giraron en torno a la pequeña, los cuidados y calentamientos de cabeza que generaba. Luego, tras terminar los aperitivos, se centraron en el nuevo empleo de Juanlu.

—Es una empaquetadora que contrata a trabajadores temporales según el vorumen —se trabó Juanlu, carraspeando después—, volumen de trabajo.

—Entonces no sabes cuánto tiempo estarás —dijo Santos.

—Bueno, en realidad… —hubo un largo silencio. Juanlu se quedó totalmente en blanco. Unos segundos después pudo continuar—. Se verá con el tiempo.

Miguel sonrió. Parecía que iba a decir algo pero en vez de hablar pinchó un trozo de ternera de la bandeja y lo pasó a su plato. Santos le dio una palmada en el hombro a Juanlu. Este se ruborizó y bebió de su copa para calmar el bochorno por el que pasaba.

Lo siguiente fue una conversación caótica, interrumpida por bromas y visionado de vídeos chorra, que aburrió a un Juanlu desplazado, centrado en asentir y beber sin moderación. A la una de la madrugada la niña empezó a llorar y Santos se ocupó de acallarla con un biberón. Entonces Lucía hizo la pregunta maldita a Juanlu, harta de verlo saquear el vino.

—¿Y para cuándo lo de echarte novia, Juanlu?

Juanlu al principio no la entendió bien o no quiso entenderla. Cuando Lucía volvió a repetir la pregunta con evidente sorna, Juanlu se fue con prisa al baño sin contestar. Desde allí oyó cómo Miguel llamaba cabrona a Lucía por la ocurrencia. Juanlu sintió como la piel se le erizaba de rabia y vergüenza y estuvo a punto de partir sus gafas al limpiarlas. Al regresar todos estaban en silencio. Juanlu pensó en irse, que permanecer más tiempo en aquella reunión solo le traería menosprecio, pero en vez de eso dijo inesperadamente, mediante una súbita inspiración, que se estaba viendo con una chica desde hacía dos semanas. Sería la mayor gilipollez que se le había ocurrido en su vida.

—¿Una chica o una mujer? Cómo lo has dicho parece que fuera una quinceañera —dijo Miguel mientras se rascaba bajo la escayola con el mango de un tenedor.

—Bueno, es más joven… creo.

Aquellas dudas de Juanlu empezaron a generar sospechas. Acto seguido se tragó una almendra en vez de masticarla de lo nervioso que estaba.

—¿Y cómo la has conocido? —preguntó Sara.

Juanlu balbuceó al principio.

—A través de Tinder. Hace un mes que me di de alta.

—¿Tienes Tinder? Joder con el soso —dijo Miguel—. Deja que vea su foto.

Juanlu no calculó ese paso. Trató de echarse vino pero la botella estaba vacía. Santos llegó en ese preciso momento. Le contaron la novedad y también pidió verla.

—No quiero que la juzguéis. Así que prefiero no enseñaros su perfil. Pero es cierto que la estoy viendo. Se llama María.

—Vaya, el nombre más común entre las mujeres, ¿lo sabías? —dijo Miguel sonriendo. Nadie siguió insistiendo ante el evidente cuento que estaba elaborando Juanlu. Después de otro largo silencio Sandra propuso sacar la bandeja de dulces.

Se habló nuevamente de otros temas triviales de forma desordenada (equipos de fútbol en crisis, tertulianos que hacían el payaso, partidos políticos sacados del NODO, etc.) y no se volvió a sacar el  tema de la inexistente novia de Juanlu. Pero cuando se fueron Miguel y Sandra, Juanlu prometió que en el próximo encuentro les enseñaría una foto de ella. Santos y Lucía no dijeron nada ante la permanencia de Juanlu pero sus caras traslucían desagrado. Para colmo Juanlu pidió un whisky para finalizar la velada; estaba empeñado en hacer creíble su mamarrachada. Santos se lo sirvió sin hielo ni refresco alguno, dejando patente su enfado. Mientras Juanlu se lo bebía, ignorando intencionadamente el malestar que causaba, contó hipotéticas conversaciones que se contradecían, con frecuentes lapsus en los que en vez de llamarla María la llamaba Marina. Además la borrachera le hacía tartamudear y pararse en mitad de una frase al no encontrar las palabras adecuadas. Santos y Lucía soportaron el rocoso monólogo sin preguntas, revisando la hora cada dos por tres. Juanlu no dejó en ningún momento de hacer el ridículo hasta que por fin la niña volvió a llorar, marcando la hora de su marcha. Todavía fue capaz de prometer, en un acto totalmente irreflexivo y suicida, que en la próxima cena llevaría a la simpática y tierna Marina, como si pudiera conseguir una entrando en Amazon.

 

 

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