Para una completa descripción de nuestro héroe haría falta un nuevo paradigma, quizá muy extraño para las manos de nuestra prejuiciosa habilidad. ¿Nombre? ¿Edad? ¿Dedicación? Olvidemos todas estas reglas que la denostada costumbre nos impone. Un problema con el que avanzar: un hombre debe elegir entre la integración o el destierro a caminos no habituales. Este es el núcleo de nuestro héroe.
(Primera concesión: nuestro héroe se ha cambiado el nombre y ahora nadie sabe cómo se llama.)
Nuestro héroe se frota la mano en el pantalón mientras reajusta su disminuida vista ante aquello que no le sirve. Y no le sirve por ser una patraña demasiado consabida. Un cigarro marca su posición al principio de la avenida Alfonso X. Reanuda su paso, dejando folios impresos con una breve poesía. La obviaremos por ser francamente mala, propia de un ingenuo idiota. Pero a él, aunque lo sabe, no le molesta. Deja caer sus poesillas en cada mesa o banco sin dudarlo por un momento, ante la perpleja mirada de sus ocupantes. Lleva unas gafas de sol a las que le falta una lente; un pirata de otoño; un, podría ser, descontento idealista. Le falta la regularidad en su paso frenético.
(¿Alguien se ha preguntado, con profundo examen, por qué hace las cosas que normalmente hace? ¡Menudo abismo, me deberían de decir!)
Antes de su reparto estudiaba la excelsa variedad de los zapatos de mujer. En otras, no eran ningún santo, la jungla de caderas femeninas. Se fue dibujando un patrón que más que bello era una oposición entre geométrico y libidinal. Pero de esto no trataba su poesía. El tema era otro: la distancia entre la potestad de las cosas y nuestros éxitos en tal caso.
(Menuda tontería, otro, nada original comunista, dirán. No juzguen aún, impacientes observadores. En la pantalla siempre todo se subestima a la ligera.)
En alguna parte, nuestro héroe leyó que un gato hambriento en un recinto cerrado mataba y comía en abundancia a los numerosos ratones encerrados con él. Una vez pasada el hambre, cazaba a algunos matándolos pero sin comérselos. Pasada media hora de esta última pauta solo jugaba con ellos sin hacerles ningún daño hasta ignorarlos por completo. Pura ironía hecha experimento. Nada de esto se reflejaba en su poesía.
(¿Ahora con tratados de zoología económica? Segunda concesión: a nuestro héroe le intrigaban bien poco los dilemas en la sociedad de consumo.)
Con la última hoja barajó otra posibilidad, algo que rompiera su propio mecanismo de cesión fuera de todo lucro personal. No ansiaba tanto el dinero como el reconocimiento. Repito que bien sabía de la nula calidad de su propia creación.
(Paremos ahora por un momento. Es legítimo preguntarse… ¿hacia dónde vamos?)
Los zapatos de mujer pueden ser casi toda una cosmología secreta. Atendiendo al tacón, los altos eran los menos predilectos para nuestro héroe. Intuía en ellos una primera invitación deshonesta. En cambio los de medio tacón eran una elección por la mediocre timidez. ¿Y por qué decantarse por aquellos que eran planos? Por algo muy simple y evidente: desactivaban la oprimente actitud afectada. Al gato le encantaba juguetear con disfrazadas féminas que buscan la apariencia adolescente. No entraremos en el complejo mapa de sus colores y las infinitas resonancias inconscientes.
(Tercera concesión: nuestro héroe amaba los hechos inconexos que la realidad narra cada día. También, en parte, los odiaba.)
“Bien, ¿qué hacer con este último poema”, se preguntó. Sobre la avenida se cerraba un purpúreo atardecer, paño de títeres desconcertados. ¿Cuáles eran sus sonidos? Un espumoso conjunto de maquinaria y leves frases rugientes. La indiferencia se instalaba en nuestro héroe mientras frotaba su mano por su desigual cabello. “Puede que todo haya sido una gran tontería. ¿Qué cambiará este proyecto?”. El título de su poesía indicaba otra dirección: “BORROSO CUADRO PARA CUCHILLO Y TENEDOR”.
(Puede que nuestro héroe fuera un completo gilipollas, sí, pero de los que se hacen querer.)
Nuestro héroe recordó un anuncio, probablemente de la niñez. Un hombre, muy anciano ya, caminaba por la calle. A su lado se para un coche cuyo ocupante le pregunta si quiere que le acerque. El anciano se niega agradeciéndole el gesto. Llega la noche y el anciano sigue caminando. Otro coche se para a su lado preguntándole lo mismo y obteniendo la misma respuesta. Así sigue durante varias sucesiones que se repiten. Posteriormente, cuando el espectador queda sorprendido por la sospechosa tenacidad del viejo, se ve como este, al amanecer, se calza unas zapatillas deportivas ROADER. Sale de su casa y en diferentes cortes se visualiza como no hace otra cosa que dar vueltas a la manzana de su edificio, apenas un centenar de metros en total. Con un “nunca te cansarás de dar vueltas” finaliza el anuncio.
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