He observado en mí un creciente impulso de negación a desarrollar cualquier redacción o anotación cuidada del tipo que sea: hablamos de un exacto síntoma de «odio escribir». Pero ante tu insistencia (y después de rechazar amablemente por diez veces tus peticiones) te daré un puñado de frases que pongan fin definitivo a esta peculiar situación de acoso/inapetencia.
Nunca he sido dado a tener mis ‘irrupciones’ literarias en estima; carezco de la calidad necesaria para ello. Siempre actué llevado por un delirio repentino de desconocida obediencia, algo así como una posesión incontrolable de un ‘yo’ diferente, ingenuo, sin pudor y descarado.
Cuando hace un año paseaba anárquicamente por los Diarios de Kafka recuerdo como la vergüenza ajena y el asco introspectivo me invadían cada vez que el autor dejaba en numerosas entradas:»Hoy no pude escribir nada». Me empecé a prometer a mi mismo que nunca tendría tan enfermiza relación con la escritura, evitando así caer en semejantes ridículos como romper tu agrafía detallándola incesantemente.
Podría señalar la manida principal razón en que casi todos los desertores caen, la del «no tengo nada que contar» (debería ser ésta reflexión enseñanza académica obligatoria en los primeros cursos de educación primaria; nos ahorraría muchos futuros charlatanes como Stephen King o Ken Follett) pero mi orgullo fatuo pide otras salidas menos concurridas y más elegantes.
Tampoco acepto para ello la inocente decepción del nulo poder que tiene la literatura para cambiar el mundo y, acto seguido, marcharme a la búsqueda del oro de Rimbaud -los que han sido poetas (malos o peores) están desprovistos de la pericia material en que basan su vida los mercaderes (viejos o modernos)-. También sería adecuado limitar tempranamente los territorios que pueden ocupar las Letras; esto dejaría fuera la cargante palabrería de los posibles visionarios venideros.
En este punto alguien podría pensar:
– Bien. Ha quedado claro su desprecio por el ejercicio de la escritura. Pero entonces ¿por qué no deja de escribir y se larga? ¿por qué continua denigrando al Bufón vestido de Bufón y adoptando el papel de Bufón? (Existieron claros ejemplos de esta naturaleza como lo fue Cioran que, tratando de fulminar las bibliotecas, acabó ampliándolas con más de diez libros de su puño y letra).
Os recordaré que prácticamente se me ha (im)puesto el disfraz para intentar concluir en un último acto. Aunque -como también he avisado en algún momento y por irónico que resulte- que éste sea el último no es algo que esté en mis manos.
Claramente es un problema de difícil ejecución querer dar una salida artísticamente notable donde ya muchos otros, con mayores habilidades, ocuparon tan diversas y apreciables soluciones. Supongo que lo mejor será presentar la explicación no con la prosa directa de una confesión sino armada en la figuración de un mínimo relato, cuya fuente es proporcionada por alguna anécdota personal. Siempre he preferido dibujar el centro o la diana a la que puede ser reducida una respuesta con un drama que discurra por los contornos de ese centro o esa diana.
He aquí mi historia:
«Sentado en la terraza de una cafetería, una mañana ni soleada ni gris ni nublada, leía en la prensa local sucesos con el título de «una niña quema a su gato por matar ratones» o «un vecino de X aparece finalmente en Z después de desaparecer en Y». Antes de que la cerveza me condujera a la somnolencia habitual que desorganiza la atención, recaí en la presencia de unas adolescentes situadas en otra mesa, a mi lado. Llevarían un tiempo allí, pero para mí fue como si espontáneamente surgieran de la nada. Enfundadas en sus pintas a lo Gandia Shore y absorbidas por sus móviles, cada ciertos periodos espaciados intercambiaban frases como estas:
– ¿Te ha invitado Yónatan a su cumple?- comentó La Choni [los apodos corresponde a mi libertad creativa].
– Si -dijo La Pechi- Me envió un guasap. Pero paso.
La Choni recibió la respuesta tal y como la envió, sin alzar la vista en ningún momento. Ella y La Pechi, hipnotizadas por las ventanas emergentes y los continuos tonos de aviso, tecleaban aceleradamente mientras sus refrescos se convertían en sopa de puchero montañés. Al cabo de unos minutos, La Choni volvió a preguntar:
– ¿No vas a la fiesta?… ¿Y qué le has dicho?
Reverberando aquella cuestión por mi cabeza, la somnolencia atrajo rápidamente al sopor, y el sopor, que avanzaba como un oleaje devastador, comenzó a atenuar y atenuar y atenuar y atenuar y aten…»
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