– Usted únicamente parece un bobalicón.
[Doctorado en Arte y Literatura, año 2011. UMU]
Ismael permanecía en su asiento, atento, sin mostrar enfado o rubor alguno. Parecía que aquel insulto propio de alguien del siglo XIX solo le creaba cierta perplejidad confundida con su natural indolencia. Repicaba su boli en la mesa, paciente, esperando una extensión de aquella blanda ofensa, pura pomposidad denostada. Y llegó.
– ¿De dónde se puede extraer la idea de que El Quijote: “… es, meramente, una dilatada exposición de rancia charlatanería senil. De ella se sirve un astuto Cervantes para denigrar a aquel excesivo héroe medieval …”? ¿Usted ha escrito esta barbarie, sr. Doniso?
Primero Ismael rió levemente. Luego, como si le hubiera concedido una ventaja desconocida para su contrincante, endureció sus facciones. Cierto fulgor -¿carnívoro?- le brillaba en los ojos.
– Evidentemente –habló Ismael- es mío. Y más evidente es aún de que el libro se trata de una sátira a las virtudes grecolat….
– En eso no ha descubierto nada nuevo. Me refería a la parte de “rancia charlatanería senil”, de cómo pue…
– Si, –interrumpió Ismael- además de poseer unos dilatados diálogos enrevesados con una verborrea prehistórica… Tiene párrafos y párrafos mareando en espiral, tras un mismo y nimio núcleo que rellena decenas de páginas… Esto hastía la resistencia de cualquier lector moderno… Por no sacar ese funesto humor añejo de escopeteo nacional y ese variado juego de palabras que no por abundar de lirismo llega a interesar…
Aquí el obeso profesor soltó un suspiro furioso. Siempre sudaba en riadas incontenibles, pero aquel día el escaso pelo de ambas sienes goteaba en cascada sobre sus hombros. La pajarita, de los continuos tics de sus manos (ahora a un lado, ahora al otro), le quedaba invertida en vertical. El payaso Krusty –mote del que gozaba- enrojeció a fuego por acumulación de impulsos psicopáticos.
Ismael, consciente de que ganaba, continuó:
– ¿Lo espiritual versus lo mundano? ¿la ilusión del sueño contra la desilusión del adueñado? ¿trascendencia=negación de la realidad=locura? ¿desmitificar los mitos mitificando a caballeros con tristes figuras? ¿una lunática actitud fingida para escapar de la ruina moral del prójimo, de su reino injusto o descabezado? ¿no son todos estos planteamientos, estas partes del puzle cervantino, una ristra de majaderías demasiadas veces ya repensadas?…
– ¡¡Simplezas, solo simplezas!! ¡Bravuconadas de un analfabeto!!
Después de estos alaridos aportados en exclamación, Ismael se acomodó, recostándose en su asiento. Se relajó completamente, incluso su antes estresada cara. Todavía insinuaba una pequeña mueca, una risilla traviesa. El resto de la clase había permanecido absorto durante toda la escenografía ‘judicial’. Bueno, no la totalidad. Había en las últimas filas una banda de perroflautas (visiblemente fumados) que grababan el ácido debate con un móvil.
Krusty, alterado de un modo cercano al colapso y tratando de controlar la intensa vibración de sus manos, comenzó a rastrear entre sus apuntes. La comicidad se apropió de la clase: chismorreos apagados, risotadas rápidamente abortadas, bullicio semi-silencioso. Cuando obtuvo la ansiada copia que buscaba restableció el mutismo con una sonora palmada sobre la mesa. Irguió su figura (ya Krusty había degenerado en su animado modelo) y comenzó a leer:
– “Canción de Grisóstomo; Ya que quieres, cruel, que se publique de lengua en lengua…”
Así hasta el final del poema.
Con aquella intervención (prolongada durante casi diez minutos), recuperó su confianza el profesor Krusty. Revitalizado, como si las altas palabras del rechazado y suicida Grisóstomo fuesen suyas, preguntó:
– ¿Os ha parecido esto charlatanería o genio?
El aula entera dejó de respirar.
Solo Ismael, ocupado en pasar las hojas de un ejemplar de aquel libro asediado (aún hoy no sé si por convicción o por diversión), estaba fuera de la quietud general. Tras unos minutos -designados mediocremente como ‘eternos’- alzó su dedo. No supo bien Krusty, equivocadamente confiado en que había terminado por acallarlo, reconocer la evidente burla de aquel gesto. Ismael se levantó. Ufano y diablesco, simulando saborear un caramelo inexistente, como si dejara entrever un «te vas a cagar, Barrabás”, comenzó a recitar en tono de Quevedo (rocoso y profundo, qué sé yo):
– Y, resumiendo, dice Marcela: “[…] Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad […]”
– …
– En definitiva, señores – prosiguió Ismael cerrando el libro- el resto bien poco importa…
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