Introdúcete en el océano intransitable de un alma emponzoñada por viejas enseñanzas, buscando describir la travesía con la imperfecta, débil y taciturna herramienta de la palabra de un desorientado Heraldo abandonado a su suerte, sin más compañía que sus propios demonios…
« “Recuerdo cuando me introduje en la gruta que lleva a este insondable mar… Al principio solo encontré espectros extraños a la luz de mi antorcha… “¿Qué buscas tu en la profundidad de tu propio ser?”… “La verdad”, contesté… “¡Ay, pobre ingenuo!… Aún crees en el brillante eco de una palabra vacía”, respondió el demonio de la Duda…
Luego llegué hasta una caverna donde comenzaba este océano atormentado por la impiedad de la oscuridad. En la orilla hallé una barca custodiada por otro demonio. “¿Estás seguro de querer tomar esta barca?… Quizá nunca más puedas regresar, una vez iniciado el viaje, al ser cerrados para siempre tus sentidos con el lunático silencio que domina estas aguas”… “La verdad me guiará entonces”, respondí. Era el demonio de la Locura.
Comencé a remar hacia la isla que se avistaba desde la orilla. Cada vez parecía estar más lejos a medida que remaba y mis brazos cansados me pedían desistir. Así llegó hasta mí otro demonio. “¿Por qué persistes en lo que es imposible para ti, desdichado navegante?”, preguntó. “Siempre supe que la verdad sería costosa, pero nunca la daré por imposible”, respondí con mi último aliento al demonio de la Desesperanza…
Cuando los brazos ardían de dolor, alcancé la isla… Allí sentado en una hoguera se hallaba el último demonio. Me senté a su lado, intentando recuperar las fuerzas y poder hablar. Pero antes de poder dirigirme a él, me dijo: “Escucha, fatigado Heraldo… Has alcanzado esta isla pero nunca alcanzarás tu objetivo… El camino a la Verdad resulta demasiado largo como para encontrarlo en tu breve vida…” Sin poder reprimir una lágrima, le contesté al demonio de la Muerte: “Muy bien entiendo lo que me dices, pero te voy a pedir un último favor… Indícame ese camino, porque prefiero terminar mis días recorriéndolo que perder el tiempo sentado mirando tu inevitable rostro…”»
Etiquetas: arte, cultura, libros, literatura, reflexiones

Octubre 23, 2008 a las 1:01 pm |
Las pesadillas siempre nacen de uno mismo al igual que su fin…